URRESTI Mi vida es mi vida Rev UBA

Revista de la Universidad de Buenos Aires Encrucijadas NO 1 6 Adolescencia hoy ¿Divino tesoro? MI VIDA ES MI VIDA Marcelo Urresti Lic. en Sociología y Filosofía, LIBA. Es docente en la Carrera de Sociolog[a e investigador del Instituto Gino Germani, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Ha publicado dos libros como compilador junto a Mario Margulis (La segregación negada. Cultura y discriminación social, Biblos, Buenos Aires, 1999 elegido por la Fundación el Libro como Mejor Libro de Sociología del año 1999- Y La cultura en la Argentina de fin de siglo, Eudeba, Buenos

Aires, 1998), y varios artículos es ecificos sobre la temática juvenil p y adolescente en libr y extranjeras. Recibió Productividad Acadé discriminación social izadas nacionales OF21 In des el Premio a la br el proyecto Cultura y año 1995. Los adolescentes construyen espacios «propios», en los que en procura de mayor independencia respecto de la mirada de sus mayores rearticulan los procesos de identificación a través de los que construyen las diversas facetas de su identidad.

Entre los múltiples factores que actúan en este proceso es especialmente importante su pertenencia a grupos de pares, que son redes ue acompañan la adolescencia, apuntalando relaciones, apoyando procesos de identificación. En estos procesos, tanto los consumos culturales como los usos del espacio serán también fundamentales. periodo de la vida que se caracteriza por cambios abruptos.

Entre los primeros teóricos que se ocuparon del tema ya quedaba claro que para las sociedades occidentales se trataba de un período de crisis y reestructuración de la personalidad [1] o, como dijo Rousseau en el Emilio, una etapa de «segundo nacimiento». En efecto, en nuestras sociedades con la llegada de la adolescencia a gran mayoría de los niños pierde seguridades y vive duelos: el cuerpo cambia, se abandona la infancia, se transforma que se ocupaba en la familia y en la escuela, caen referentes de autoridad antes naturalizados, se abre el tiempo de la obligada autonomía, se desoculta la gentalidad.

En ese período, para el adolescente la familia entra en un paréntesis en el que se reparten de nuevo las cartas. Cada adolescente se abre progresivamente a una vida social en la que el lugar de su propia familia se desplaza: en ese movimiento, aquella anterior cuasi monopólica instancia va perdiendo eso especifico y se ve obligada a «conversar» instancias de la socialización. En dicho proceso van surgiendo cosmovisiones y valoraciones no necesariamente acordes con los mandatos de la tradición heredada.

Con la adolescencia se abren espacios de conflicto intergeneracional en el interior de las familias, siempre renovados con la sucesiva entrada de cada miembro en la pubertad. Es decir que el período conflictivo no sólo es interior al sujeto que vive la transformación en primera persona, también transforma su entorno inmediato. Familias y escuelas, ámbitos primordiales de la niñez mayoritaria, omienzan entonces a comp 21 inmediato.

Familias y escuelas, ámbitos primordiales de la niñez mayoritaria, comienzan entonces a compartir su espacio con otras dimensiones de la vida social en las que los adolescentes expanden las redes de relaciones dentro de las que normalmente actúan. Mientras transcurre la crisis -más o menos violenta según los casos familiares, las clases sociales y las tradiciones geográficas y culturales en las que se inscriban-, los adolescentes construyen espacios propios».

En ellos, procurando una mayor independencia respecto de la mirada de sus mayores, rearticulan los ecanismos de identificación a través de los que construyen las diversas facetas de su identidad. En este sentido, entre los múltiples factores que actúan en esta fase hay dos especialmente importantes por el efecto que producen: el primero de ellos, el más importante, es el grupo de pares(2); el otro es el sistema de escenarios y ámbitos institucionales que hacen de marco al encuentro y la cotidianeidad de dichos grupos.

Estos factores intervienen de manera decisiva en la rearticulación de los referentes básicos de la experiencia y del mundo de la vida, y se suman a la familia y a escuela, completando el proceso de socialización en el que se modulan las identidades que se continuarán con posterioridad en las etapas juvenil y adulta. Este transcurso, a su vez, se da en una encrucijada compleja de caminos institucionales, canales discursivos superpuestos, flujos libidinales inducidos -y muchas veces deseados- y prácticas habituales en las que se hace posible la vida cotidiana de los adolescentes de las soc adolescentes de las sociedades actuales.

Los adolescentes, sean de la clase o de la familia que sean, no son independientes del denso entramado de instituciones y discursos que los apelan intentan seducirlos: además de la ya mencionada escuela -que no está presente en la totalidad de los casos, los medios masivos de comunicación, la multiiinplantada publicidad comercial, el mercado de bienes de consumo masivo con sus largos e incansables tentáculos o las industrias culturales que se ofrecen en sus variados productos, son los canales de una alusión insistente y constante.

Estas agencias, a través de la persecución de sus intereses en principio, comunicar, acaparar la atención y vender sedimentan discursos, diseminan imágenes y estéticas, difundiendo prescripciones explícitas e implícitas que ontribuyen a configurar imaginarios y representaciones sociales. De este modo, se define un nuevo material que luego se elabora íntimamente en el relato de la autoldentificación.

Es decir que esa inicial apertura a la vida adulta, ya trabajada por estas mediaciones múltiples que venimos mencionando, entra en un estadio de apelación superior: la brecha critica que abre la adolescencia es susceptible a estos discursos que mediante temas y referencias ejemplares presentes en esas formas de la comunicación y el consumo apelan a los adolescentes en tanto que consumidores.

En esas figuras diversamente apropiadas os adolescentes restañan imaginariamente pérdidas y duelos, recibiendo los materiales para una identificación int 4 21 imaginariamente pérdidas y duelos, recibiendo los materiales para una identificación interpretante y activa con la que, en distintos grados, rehacen un lugar de certidumbre relativa en medio de la dislocación momentánea por la que transitan. Esta condición de incertidumbre estarla extendiéndose en su duración y siendo adoptada por distintos grupos de edad antes decididamente lejanos a ella.

En efecto, la transitoria desorientación identitaria que suponía el enfoque clásico sobre la dolescencia, según algunos autores [3], estaría generalizándose por distintos grupos de edad, producto derivado de la falsa impasse que la cultura finisecular estaría consagrando: la generalizada pérdida de las certezas que abruma a las sociedades del presente. Así, la adolescencia se alargaría incluyendo a los jóvenes y progresivamente también a los adultos, cuyos modelos de acción, si se los compara con los del pasado reciente, se parecer[an, más a los de los adolescentes que a los de los adultos de tiempos pasados.

Esta condición histórica problematizaría aún ás la situación de los adolescentes actuales, tensionados entre su propia crisis y el novedoso lugar vacante que dejan los adultos. Como decíamos arriba, la adolescencia implica una suerte de «segundo nacimiento» con los dolores y las sorpresas que ello depara: esto se refiere especialmente a un tipo de experiencia casi adánica, original y de apertura, cercana a la vivencia de la aventura, característica vital definitivamente perdida en la vida de los adultos.

Esto en parte ilustra que la modelización de la adolescencia no resulta m s 1 adultos. Esto en parte ilustra que la modelización de la dolescencia no resulta más que una ilusión compartida: por más desorientado que se encuentre un adulto en relación con su futuro, por más rejuvenecido que se encuentre en sus opciones vitales, y por más rutinas y cuidados físicos que haya generado una imagen consewada, un adulto no es un adolescente.

En definitiva, transitar la adolescencia es atravesar una crisis personal y vivir adánicamente una experiencia histórica de lo social, hechos que definen una pertenencia generacional concreta y un material imaginario específico con el que elaborar las identificaciones que desembocarán en la personalidad futura.

Asimismo, y siguiendo la línea anterior, existe una representación dominante sobre los adolescentes -lo que no implica bajo ningún concepto que incluya a todos los adolescentes de todas las clases-, que se convierte en una suerte de «modelo» que aglutina principios estéticos activos que tienen una fuerza gravitatoria de gran importancia. Ese modelo estético basado en la imagen adolescente -de las clases medias y altas- responde a necesidades diversas y hace de este particular momento de la vida algo que, en términos sociales, es mucho más amplio que una crisis y una reestructuración identitaria.

El «modelo adolescente» se expande y goza de un amplio reconocimiento social, hecho que se demuestra en parte por la negativa: la vejez es vista como desventajosa, el origen de enfermedades y decadencias, un dlsvalor que anuncia el ocaso de la vida. Como contracara, la adolescencia es el grado cero de la vida adulta, está y ocaso de la vida. Como contracara, la adolescencia es el grado cero de la vida adulta, está y no está en ella, recién estrenada, con todo el tiempo por delante y aparece como un modelo con el que identificarse.

Una sociedad en la que se han desarticulado referentes de rascendencia antes válidos, una cultura en secularización constante que avanza sobre la religión pero también sobre la política y las más arraigadas costumbres, no es casual que necesite de este mito de regeneración y de Vida eterna en el más acá, puesto que cada vez son menores las causas en favor de las que inmolarse, situación que arroja sujetos sin referentes, desorientados, aferrados a las débiles evidencias de un más acá, crecientemente empobrecido.

La adolescencia y el mito de la eterna juventud, acompañado de otros mitos como el de la belleza que no se deteriora, la salud que se mantiene intacta o la nergía que se renueva sin cesar, son los elementos de un espejo en el que con fuerza creciente la sociedad intenta reflejarse.

En un contexto semejante, tampoco es casual que el mercado, especialmente en las estrategias de publicidad que empujan a adquirir bienes de consumo masivo, aproveche esta imagen convirtiéndola en el vehiculo de los mensajes que procuran identificar productos con un objeto de amor. La imagen adolescente, que responde al estereotipo de clase que los medios recogen y refuerzan, circula porque vende: es un paraíso artificial de vitalidad y felicidad, un mito que d•funde libido, que atrae a la dentificación y que impulsa al consumo.

De este modo, el proceso de construcción de identidad De este modo, el proceso de construcción de identidad al que aludíamos más arriba se da en condiciones que alteran su forma tradicional: con la adolescencia convertida en modelo mediático, imitada crecientemente por las identificaciones de grupos de otras edades, tensionada por condiciones sociales que la alargan inéditamente, tiende a delimitarse siguiendo una lógica novedosa y compleja.

Los grupos de pares Como dijimos anteriormente, son los grupos de pares lo que constituye la novedad en la vida de las personas que atraviesan a adolescencia. Estos grupos, a su vez, definen espacios y tiempos en los que van construyendo un mundo compartido, que será fundamental para el resguardo de las Identificaciones adolescentes, distantes de la familia y de la escuela, los dos ámbitos característicos del desarrollo previo. Los grupos de pares están conformados por lo general con una presencia marcada de miembros de la misma edad y género.

Esto no imposibilita grupos mixtos o grupos en los que sea aceptado algún miembro que es notablemente mayor o menor, pero habla de su baja probabilidad. Estos grupos son la primera ampliación de la red de elaciones en la que entran los adolescentes, son los grupos de amigos y amigas más cercanos, que se reúnen a pasar el tiempo, a escuchar musica, a compartir largas charlas, a hacer deportes, a planear salidas, a recorrer espacios.

Esos grupos de adolescentes son ámbitos de contención afectiva y representan espacios de autonomía en los que se experimentan las primeras búsquedas de independencia. En ellos se de autonomía en los que se experimentan las primeras búsquedas de independencia. En ellos se realizan actividades comunes y se definen los perfiles dentro de las funciones ctitudinales que los diversos grupos despliegan. Se trata de campos de atracción libidinal, que brindan una pertenencia efectiva y que vehiculizan las referencias primeras de los procesos que deconstruyen las identidades infantiles heredadas.

En esos grupos por lo general se manifiestan las primeras conversaciones que tienen por tema el sexo, el descubrimiento de los otros en el nivel social, el lugar propio y el ajeno en ese espacio, o para decirlo con las palabras de Goffman, el sens of one’s place en ellos se descubre por lo general la música que se adoptará como propia, una forma de vestirse y también una orma de hablar. Es decir que se trata de verdaderos laboratorios de actividad simbólica en los que se practica concientemente la diferenciación social.

Los grupos de pares funcionan como entidades Intermedias entre el espacio social general en el que se definen las clases sociales que incluyen a las familias y el espacio íntimo de los sujetos que estas grandes estructuras configuran [5]. Se trata de ámbitos de autonomía relativa definida por la influencia de las grandes estructuras sociales, aunque metabolizada en la manera singular en la que cada grupo específico la articula, en virtud de las iferencias producidas por los escenarios inmediatos en los que transcurre la vida de esos grupos.

Para mostrarlo con un ejemplo: no es lo mismo que dos grupos pertenezcan a la misma clase social, supongamos mostrarlo con un ejemplo: no es lo mismo que dos grupos pertenezcan a la misma clase social, supongamos la clase media urbana de Buenos Aires, que sean hijos de padres profesionales empleados en empresas similares y qué desarrollen actividades relativamente cercanas, como concurrir a los mismos colegios -pongamos por caso, públicos- y a los mismos clubes -sociales y eportivos de tamaño medios si esos grupos de pares desarrollan actividades que los distinguen, por ejemplo, en su relación con el valor que le dan a la educación o al deporte -en toda escuela y club hay rendimientos diferenciales-, o con la apreciación y práctica de actividades valoradas como ir a fiestas en casas o en las matinés de las discotecas, ir a recitales de músicos de rock o de intérpretes de música latina, gustar de un tipo específico de música o de otro, leer libros o mirar televisión, juntarse en videodromos, compartir la pasión por los juegos de computadoras, mirar los mismos dibujos animados y comprar omics japoneses, todo esto en sus distintas posibilidades, las cadenas de sí y de no en relación con las mismas los pueden alejar radicalmente a pesar de que a primera vista esos jóvenes puedan ser incluidos genéricamente en los mismos grupos por compartir los mismos espacios definidos por las grandes estructuras sociales, lo cual constituye una erronea simplificación. El primer hipotético grupo podrá tender a consumos intelectualizados y elitistas, concurrir a talleres literarios, detestar el deporte, sentirse diferente al resto de sus compañeros de escuela que miran a Tinelli y, con el tiempo, 0 DF 21