Te amare por siempre

Te amare por siempre gy LinduraCow I llOR6pp 16, 2011 700 pagcs Audrey Niffenegger LA MUJER DEL VIAJERO EN EL TIEMPO La mujer del viajero en el tiempo El amor después del amor Vendrá un tiempo en que, con gran júbilo, nos saludaremos a nosotros mismos ante nuestra propia puerta, frente a nuestro propio espejo, y con una sonrisa ambos agradeceremos la bienvenida del otro, y diremos, siéntate. Come. Volverás a amar al extraño que fue tu o. Ofrécele vino. Obséquiale con pan.

Devuélvele tu c amado toda la vida, a desde el fondo del al en la estantería, las f tu propia imagen del WALCOTT -2- 700 View nut*ge Co xtraño que te ha que te conoce mor que guardas speradas, arranca tu vida. DEREK PRÓLOGO CLARE: Es duro quedarte siempre atrás. Espero a Henry; no sé dónde está y me pregunto si se encontrará bien. Es duro ser la que se queda. Me mantengo ocupada. El tiempo transcurre más deprisa de ese modo. Me voy a dormir sola, y sola me despierto. Doy paseos. Trabajo hasta agotarme.

Observo el viento horizonte para divisar el diminuto barco. Ahora yo espero a Henry. Él se desvanece sin quererlo, de repente. Yo lo espero; y cada momento de esa espera lo percibo como un año, como una eternidad. Cada momento resulta tan lento y transparente como l cristal. A través de cada instante puedo ver infinitos instantes alineados, aguardando. ¿por qué se ha marchado a donde yo no puedo seguirlo? HENRY: ¿Qué se siente? ¿Qué se siente en realidad? A veces es como si tu atencion errara durante tan solo un instante.

Luego, con un sobresalto, te das cuenta de que el libro que sostenías, la camisa de algodón a cuadros rojos con botones blancos, tus tejanos negros favoritos y los calcetines marrones que clarean en un talón, la sala de estar, la tetera que está a punto de silbar en la cocina… Todo ha desaparecido. Estás de pie, desnudo como Dios e trajo al mundo, metido hasta los tobillos en el agua helada de una zanja situada al margen de una carretera rural desconocida. Aguardas un minuto con la esperanza de volver de repente a tu libro, a tu piso y a todas tus cosas.

Durante unos cinco minutos blasfemas, tiemblas y deseas por todos los demonios poder desaparecer; luego empiezas a caminar en cualquier dirección, para ir a parar finalmente a una granja, donde no tienes otra opción que robar o explicarte. El robo te conduce a veces a prisión, pero explicarte resulta más tedioso, y debes invertir más tiempo en ello, lo cual implica a fin de cuentas mentir, y en casiones también es la causa de que aca tiempo en ello, lo cual implica a fin de cuentas mentir, y en ocasiones también es la causa de que acabes dando con tus huesos en la cárcel, así que… qué diablos! Hay veces en que te sientes como si te hubieras puesto en pie demasiado deprisa a pesar de estar echado en la cama, medio dormido. Oyes la sangre que fluye y se precipita en tu cabeza, experimentas la sensación vertiginosa de estar cayendo. Sientes un cosquilleo en manos y pies, luego las extremidades desaparecen. Ya has vuelto a posicionarte en el lugar erróneo.

Solo se tarda un minuto; se tiene el tiempo -3- uficiente de aguantar y debatirse (con el riesgo añadido de hacerse daño o romper preciadas posesiones), hasta que te deslizas por el pasillo enmoquetado en un color verde bosque de un cierto Motel 6 en Atenas, Ohio, a las 4. 16 de la mañana, un lunes 6 de agosto de 1981, y te golpeas la cabeza contra la puerta de alguien, lo cual provoca que esa persona, una tal señora Tina Schulman, de Filadelfia, abra esa puerta y empiece a chillar porque hay un hombre desnudo y desvanecido a sus pies sobre la moqueta quemada.

Te despiertas conmocionado en el hospital del condado, y con un polic[a sentado al otro lado de la puerta, scuchando el concurso de Phillies en un radiotransmisor que crepita. Por suerte, te pierdes de nuevo en la inconsciencia y te despiertas horas después en tu cama, junto a tu esposa, quien se inclina hacia ti con el rostro visiblemente pre en tu cama, junto a tu esposa, quien se inclina hacia ti con el rostro visiblemente preocupado. A veces estás eufórico.

Todo es sublime y las cosas revisten una cierta aura, pero, de repente, sientes unas náuseas intensas y desapareces de nuevo. Sales disparado hacia unos geranios situados en un barrio residencial o sobre las zapatillas de tenis de tu padre, o bien aterrizas en el uelo de tu cuarto de baño tres años atrás, o en un caminito de madera del parque del Roble, en Illinois, alrededor de 1903, o en una pista de tenis en un precioso día de otoño de la década de 1950, o bien caes sobre tus pies descalzos en una amplia variedad de tiempos y espacios. ?Qué se siente? Se siente exactamente lo mismo que en esos sueños en los que de pronto nos damos cuenta de que tenemos que hacer un examen para el que no hemos estudiado, estamos desnudos y, encima, nos hemos dejado la cartera en casa. Cuando me encuentro ahí fuera, en el tiempo, me invierto, trocado en una versión desesperada de mí mismo. Me convierto en un ladrón, un merodeador, un animal que huye y se oculta. Asusto a las ancianas y sorprendo a los niños. Soy un truco, una ilusión sofisticadísima, increíble puesto que, en realidad, existo. ?Hay alguna lógica, una norma que rija todas esas idas y venidas, toda esa disociación? ¿Acaso hay un modo de controlarlo, de abrazar el presente y cada una de las células? No lo sé. Existen indicios; al igual que en cualquier enfermedad hay patrones que se repiten, posibilidades. Agotamiento, ruidos igual que en cualquier enfermedad hay patrones que se repiten, posibilidades. Agotamiento, rudos estentóreos, presión, evantarse de repente, una luz parpadeante… Cualquiera de esos síntomas puede desencadenar un episodio.

Sin embargo, puedo estar leyendo el Times del domingo, con el café en la mano y Clare dormitando junto a mí en la cama y, de repente, aparecer en 1976, y verme con trece años, mientras corto el césped de mis abuelos. Algunos de estos episodios solo duran unos momentos; es como escuchar una radio de coche que no consigue sintonizar una emisora. Me descubro entre la multitud, el público, la masa. Pero también me encuentro a menudo solo en un campo, en una casa, en un coche, una playa, una escuela primaria en mitad de a noche.

Temo hallarme en la celda de una cárcel, un ascensor lleno de gente, en medio de una autopista. Aparezco de la nada, desnudo. ¿Qué explicación puedo dar? Nunca he sido capaz de llevarme nada en mis andanzas. Ni ropa, ni dinero, ni carnet de identidad. Me paso la mayor parte del viaje consiguiendo ropa e intentando esconderme. Por suerte, no llevo gafas. -4- Es irónico, en realidad. Los placeres que más me gustan son los caseros: la comodidad de la butaca, la excitación sedante de la vida doméstica.

Lo único que deseo es disfrutar de los placeres sencillos: leer una novela de misterio en la cama, el olor de la elena rojizo dorada de Clare, mojada y limpia, recibir una postal de un ami cama, el olor de la melena rojizo dorada de Clare, mojada y limpia, recibir una postal de un amigo que está de vacaciones, disfrutar con la visión de la nata que se deshace en el café, la suavidad de la piel bajo los pechos de Clare o la simetría de las bolsas de la compra dispuestas sobre el mármol de la cocina, esperando a que las vacíen.

Me encanta deambular sin rumbo fijo entre las estanterías de la biblioteca, cuando los jefes ya se han ido a casa, rozando los lomos de los libros. Estas son las cosas que e aguijonean de añoranza cuando me veo alejado de ellas por culpa de los caprichos del tiempo. Y Clare, siempre Clare. Clare por la mañana, somnolienta y con el rostro crispado. Clare con los brazos sumergidos dentro de la cuba para elaborar papel, extrayendo el molde y sacudiéndolo, una y otra vez, para que las fibras se fusionen.

Clare leyendo, con el pelo cayéndole por el respaldo de la silla, aplicándose crema con un suave masaje por las manos enrojecidas y agrietadas antes de irse a la cama. La suave voz de Clare siempre resuena en mis oídos. Odio estar donde ella me falta, cuando ella me falta. No obstante, soy yo uien siempre se marcha, y ella no puede seguirme. -5- PRIMERA PARTE El hombre que escapaba al tiempo Oh, no porque la dicha exista, ese provecho prematuro de una próxima pérdida.

Sino porque es mucho estar aquí, y porque, en apariencia, todo lo que es de aquí nos neceslta, esa fugacidad, que tan extraña estar aquí, y porque, en apariencia, todo lo que es de aquí nos necesita, esa fugacidad, que tan extrañamente nos incumbe. A nosotros, los más fugaces. Ay, a la otra condición, ¿qué se lleva uno alll? No el mirar, lo aprendido aqui con tanta lentitud. Ni nada de lo ocurrido aquí. No, nada. Quizá, pues, los dolores.

Y también, obre todo, lo que oprime, quizá la larga experiencia del amor, quizá tan solo lo indecible. RAINER MARÍA RILKE, «Elegía novena», de Elegías de Duino; traducción de Jenaro Talens -6- Primera cita, uno Sábado 26 de octubre de 1991 Henry tiene 28 años, y Clare 20 CLARE: Hace fresco en la biblioteca, y huele a limpiador de moquetas, a pesar de que observo que el suelo es de mármol. Firmo en el listado de visitantes: «Clare Abshire, 11 . 15, 26/10/91, Antologías especiales».

Nunca había estado en la biblioteca Newberry, y ahora que he traspasado la oscura y sobrecogedora entrada, estoy nerviosa. La biblioteca me inspira la misma ensación que la de una mañana de Navidad, como si se tratara de una enorme caja llena de preciosos libros. El ascensor está poco iluminado, y resulta sorprendentemente silencioso. Me detengo en el tercer piso y relleno un formulario para solicitar el carnet de socia, luego subo al departamento de Antologías Especiales. Los tacones de mis botas repiquetean en el suelo de madera.

La sala está en silencio y abarrotada de gente, repleta de sólidas y recias mesas con montones de li está en silencio y abarrotada de gente, repleta de sólidas y recias mesas con montones de libros encima y lectores en torno a ellas. La luz matutina y otoñal de Chicago brilla y se cuela por los altos ventanales. Me acerco al mostrador y cojo unos cuantos papelitos de solicitud. Estoy escribiendo un trabajo para la clase de Historia del Arte. Mi tema de investigación es el Chaucer de Kelmscott Press.

Voy a buscar el libro y relleno un pa-pelito para pedirlo; pero también quiero consultar textos sobre la confección del papel en Kelmscott. El catálogo es confuso. Regreso al escritorio para pedir ayuda. Mientras le explico a la mujer que me atiende lo que intento localizar, ella echa un vistazo por encima de mi hombro y advierte a alguien que pasa detrás de mí. ??Quizá el señor DeTamble pueda ayudarla —me dice. Me doy la vuelta, dispuesta a repetir mi explicación, y me encuentro cara a cara con Henry. Me quedo sin habla. Frente a mí tengo a Henry, tranquilo, vestido y más joven que nunca.

Henry trabaja en la biblioteca Newberry, y está de pie, delante de mí, en ese momento. En el presente. Me siento más feliz que unas pascuas. Henry me mira con paciencia, con expresión desconcertada, pero conserva la compostura. —¿Puedo ayudarla en algo? —iHenry! —Apenas puedo contener el impulso de lanzarle los brazos al cuello. Es obvio que no me ha visto en toda su Vlda. —¿Nos conocemos? Lo iento, yo no… —Henry mira a su alrededor, le preocupa que los lectores y sus colegas se fijen en nosotros. Rebusca mira a su alrededor, le preocupa que los lectores y sus colegas se fijen en nosotros.

Rebusca en su memoria y se percata de que una parte futura de sí mismo ha conocido a esta chica feliz y radiante que sigue en pie ante él. La última vez que lo VI fue en el prado, cuando estaba chupándome los dedos de los pies. Intento explicarle la situación. —Me llamo Clare Abshire. Te conocí cuando era una niña… No sé como reaccionar, porque estoy enamorada de un hombre que está delante de mí y sin embargo él no guarda ingún recuerdo de mi persona. En lo que a él respecta, todo se emplaza en el futuro. Me entran ganas de reír por lo extraño de la situación.

Todo lo que sé de Henry desde hace años me desborda, mientras él me mira perplejo y temeroso: Henry, con los pantalones viejos de pescar de mi padre preguntándome con paciencia las tablas de multiplicar, los verbos en francés y las capitales de los estados; Henry riendo por alguna comida extraña que a mis siete años consideré idónea para llevársela al prado; Henry con esmoquin, desabrochándose los gemelos de la camisa con manos temblorosas el día que cumplí dieciocho años. Ese Henry está aquí mismo, en ese preciso momento! ??Ven a tomar un café conmigo, a cenar o… lo que quieras. No le queda otra opción que responder que sí, ese Henry que me ama en el pasado, deberá amarme ahora y en el futuro por reverberación, como el chillido de un murciélago procedente de otros tiempos. p el futuro por reverberación, como el chillido de un murciélago procedente de otros tiempos. Para mi inmenso alivio, responde afirmativamente, y quedamos en encontrarnos por la noche en un restaurante tailandés de las inmediaciones, todo bajo la mirada incrédula de la mujer que sigue tras el mostrador.

Luego me marcho; he olvidado a Kelmscott y Chaucer- Bajo como si flotara por las escaleras de mármol que dan al vestíbulo para salir al sol de octubre de Chicago y me alejo corriendo por el parque, espantando perritos y ardillas, gritando de felicidad. HENRY: ES un día de octubre como otro cualquiera, soleado y frío, tonificante. Estoy trabajando en la habitación sin ventanas, en una atmósfera sin humedad, que hay en el cuarto piso de Newberry, catalogando una colección de papeles marmolados que han donado recientemente. Los papeles son preciosos, pero la catalogación resulta muy pesada, me aburro y compadezco i suerte.

De hecho, me siento viejo, viejo como solo un tipo de veintiocho años puede sentirse después de haberse pasado despierto casi toda la noche bebiendo un vodka malo y caro e intentando, sin éxito alguno, congeniar como antes con Ingrid Carmichel. Nos hemos pasado toda la noche peleando, y ahora ni siquiera recuerdo el porqué. La cabeza me martillea. Necesito tomar un café. Dejo los papeles marmolados en un estado de caos controlado y paso por el despacho y junto al mostrador del bedel que hay en la sala de lectura. Me detengo, no obstante, al oír la voz de Isabelle que dice: —Qu