La ciudad ideal

La ciudad ideal gy iuanpercda ,qexaúpR 03, 2010 31 pagos The ideal City Ivan Pereda Resumen Desde el origen de los asentamientos urbanos, el humano deseo de perfección ha dado lugar a numerosos proyectos en los que se ha tratado de vincular la mejora de la ciudad con la sociedad que la habita. En este artículo se revisan elementos concurrentes en esa larga búsqueda que ha sido y es la ciudad ideal. Palabras clave Ciudad. Urbanismo.

Abstract From the beginning perfection has led to numerous to link improvement PACE to View nut*ge r ba man desire for s have been made of the City with the society who inhabit it. In this article the author reviews the most important elements ofthe long search for this goa’, which has always been and Still is the ideal city. Key words City. Urbanisation. Utopia. Geometry. Probablemente, el lector que siga estas líneas vivirá en una ciudad. Una ciudad con una ubicación, una organización y unas infraestructuras que a sus ojos distarán más o menos de ser ideales.

En consecuencia, podrá preguntarse: ¿qué Revista de Humanidades 2007; 2:215-234 minación, las aglomeraciones, las comunicaciones o la seguridad, son problemas que, aunque magnificados por el aumento demográfico, el consecuente crecimiento e los enclaves urbanos y el desarrollo tecnológico, siempre han estado ligados a la En las soluciones propuestas a lo largo de la Historia, observaremos numerosos puntos en común y nuevos problemas asociados a la evolución tecnológica, ni siquiera contemplados unas décadas antes.

Condiciones que debe cumplir la ciudad ideal Los puntos clave de la urbanística consisten en las cuatro funciones: habitar, trabajar, descansar en tiempo libre y circular. Carta de Atenasl En primer lugar, debemos considerar las distintas concepciones que han orientado y definido las agrupaciones urbanas a lo largo del tiempo, así omo el origen y evolución de lo que se ha convenido en llamar ciudad ideal.

Desde siempre, las razones fundamentales para el establecimiento de una comunidad sedentaria han sido total o parcialmente las siguientes: la proximidad a cursos fluviales, lagos u otras fuentes de agua dulce; la riqueza de la tierra; la protección frente a las inclemencias atmosféricas, a las bestias o frente a otras comunidades humanas y, finalmente, la valoración espiritual —sagrada— de un enclave. En principio, una ciudad que cumpliese todos los requisitos mencionados podría considerarse perfecta.

Sin embargo, co empo, otros factores 31 como una ubicación para el dominio de una región; la dotación de infraestructuras, la misma belleza de la ciudad o de su emplazamiento cobraron una gran importancia. La capital, ciudad ideal Durante siglos, sólo la capital de una provincia, de un reino o de un imperio podía reunir las condiciones apuntadas. Principalmente, porque una capital, como residencia habitual de un gobernante o rey, había de expresar cierta grandeza.

Teniendo 1 Del IV Congrés Internationaux d’architecture Moderne (Atenas, 1933) salió la lamada Carta de Atenas, alentada por Le Corbusier, que ha sido referencia para rquitectos y urbanistas de todo el mundo desde su publicación. En 57 puntos se abordaban en ella las condiciones a cumplir por una ciudad moderna ideal. en cuenta que la capital gozaba de su privilegiado estatus debido a una localización estratégica2, tan sólo en algunos casos, ciudades cuya situación pudiera considerarse menor, manifestaban su magnificencia atendiendo únicamente a su condición de residencia segura del monarca.

Como nos recuerda Arnold J. Toynbee (1889-1975), Luis XIV disfrazó la humillante verdad de que Versalles era una capital-refugio haciéndola arquitectónicamente magnifica, pero: “No debemos ermitir que nos embauquen con la suntuosidad del palacio de Versalles; su importancia radica en su distancia de parís porque esto da la medida del miedo que sentía el Rey en la propia capital de su reino —un te o posteriormente por lo que aquélla le hizo a Como nos ilustra el ejemplo anterior, la seguridad es un factor esencial, quizá el más importante —después del abastecimiento de agua— de una cudad ideal.

En este sentido, al margen de una ubicación naturalmente resguardada, hasta hace apenas dos siglos, el hombre ha vinculado su refugio a una buena muralla. a) La ciudad amurallada Es conveniente recordar aquí que la defensa de una ciudad comprende no sólo la protección frente a un ataque, sino también frente a las inclemencias meteorológicas. Algo observado ya en el siglo a. C. por el arquitecto e ingeniero romano Vitruvio, quien propuso la ubicación de la ciudad en el interior de un octógono para protegerla de los vientos.

Esta original idea, abrió paso a una solución largamente adoptada durante el Renacimiento, repetida y desarrollada hasta el siglo XVIII: el perímetro amurallado poligonal, en el que se vinculaban defensa y geometría. En este sentido, a menudo se ha objetado a muchos proyectos deales el atenerse a una forma poligonal cerrada, a veces arbitraria, que impedía tanto el crecimiento de la urbe más allá de sus muros como su adecuada ventilación.

Sin embargo, siendo cierto que un concepto defensivo, tipo fortaleza, no resulta aconsejable según un criterio higienista, no es menos cierto que la defensa prmó durante siglos ante cualquier otro precepto y que tales ciudades no contemplaban su propio crecimiento. Es el caso, entre otros, de distin eales concebidos a 4 31 finales del Renacimiento, Filarete”, Alberto Durero, o Girolamo Maggi, fechados en 1464-65, 1527 y 1 564 respectivamente.

Ciudades que en esencia se atenían a 2 Ejemplos paradigmáticos de lo apuntado son las antiguas ciudades de Constantinopla o Venecia, cuya situación fue fundamental en su importancia comercial y política. 3 Toynbee AJ. Ciudades en marcha. Buenos Aires: Editorial Emecé, 1971, p. 151. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:215-234 217 Santiago Prieto Pérez lo que Tomás Moro describía en su Utopía (1516): “Toda la ciudad está amurallada con muros altos y recios”4. or otra parte, y aunque efectivamente algunas de estas ciudades pudieran considerarse como meros ejercicios de geometría, no podemos negar que ontribuyeron a mejorar las técnicas de fortificación e incluso, a la postre, por su orden, a una mayor salubridad. No en vano fueron el fruto del pensamiento de los mejores arquitectos. Por último debemos añadir que, en la práctica, este tipo de proyecto sólo se aplicaba a ciudades que por su ubicación estratégica resultaban especialmente importantes.

Es el caso de la ciudad portuaria finlandesa de Hamina, o de la mexicana y porteña ciudadfortaleza de Campeche, diseñada en el siglo XVII por el ingeniero militar español Martín de la Torre para defenderla de los piratas del Golfo de México. Y también de Sarre Louis, erigida en 1679 para la defensa de Estrasburgo, y de Neuf Bri-sach —en la Alta Alsacia— diseñadas por el ingeniero de Luis XIV, Sébastien Le s 1 pestre5 (1633-1707). repetido en la ciudad ideal es su alejamiento de toda contaminación y peligro, lo que ha llevado con frecuencia a situarla en una isla.

Ya en el selo a. C. Diodoro de Sicilia localizaba a su personaje Yámbulo en la Isla del sol, cerca de Etiopía, “donde el clima es templado, los días y las noches duran lo mismo, hay manantiales de agua cálida y los frutos son perennes”. Un ejemplo que también desvela na atractiva asociación entre seguridad y prosperidad tantas veces retratada. No por casualidad, siglos después, en el Renacimiento, Sannazaro (1455-1530), autor de La Arcadia (1 504), presentaba el citado paraje alejado en el tiempo, ligándolo en el imaginario colectivo al mito de la Edad de Oro.

Más tarde, bien sea la Utopía (1516) de Moro; la Civitas Solis (1602) de Tommaso Campanella; la Christianópolis (161 g) de Johann Valentin Andreae, situada en la isla de Capharsalama; La nueva Atlántida (1627), ubicada en la imaginaria isla de Bensalem por Francis Bacon; la Oceana (1656) de James Harrington; la ciudad descrita en News from Nowhere (1890) por William Morris; la Altruria6 de Howard Dean Howells; o la Pala que da nombre a The Island (1962) de Aldous Huxley; todas ellas nos descubren ubicaciones semejantes, aisladas y libres por completo; poco menos que divinas en su perfección.

Partícipes de lo que tan atinadamente describía Andreae „ nsula, quam Mundi mare undique en Mennipus (1 61 7): ” impetit… ex verbo Dei cas nobis est, munitissimum, 6 1 uc usque obsiderunr’7 del mundo ataca por todos sus lados… una fortaleza, desde la palabra de Dios, firmemente defendida”). Moro T. utopía. Madrid: Edltorial Zero, SA 1971, p. 19. 5 Más conocido como Marqués de Vauban, o simplemente Vauban. 6 En la novela titulada A traveller from Altruria, escrita en 1892-3. 7 Mennipus, capítulo 53. 218 Ars Medica.

Revista de Humanidades 2007; 2:215-234 c) La ciudad-mundo No podemos ignorar que el rápido crecimiento de la población mundial y el no menos acelerado desarrollo tecnológico han alterado toda perspectiva utópica, apuntando con fuerza hacia una escala global, planetaria. Es la idea de Toynbee, en lo que llamó Ecumenópolis: La futura ciudad-mundo, que extenderá us tentáculos alrededor del globo idea sorprendentemente próxima a lo imaginado por Isaac Asimov (1920-1992) en su célebre Foundation, (1951): “Toda la superficie de Trántor, 1. 200 millones de kilómetros cuadrados de extensión, era una sola ciudad”g.

Ahora bien, la ciudad-mundo, puede ser vista como un destino, fruto inevitable del crecimiento de la población, o bien puede ser entendida como una oportunidad. Una nueva y sugerente prolongación de las virtudes y esperanzas encarnadas por la isla… en un mundo nuevo; como también imaginara el mismo Asimov en sus lejanos y utópicos mundos de Aur 1 Hoy, las cualidades de una rear una comunidad a razones que indujeron a considerarla como óptimo lugar no han sido desechadas. Herbert George Wells (1866-1946) describió perfectamente esta idea: “El plan de una Utopía moderna exige, por lo menos, un planeta.

Hubo un tiempo en el que una isla o un valle oculto entre las montañas procuraban el aislamiento suficiente para que se mantuviera exenta de la influencia de las fuerzas exteriores una organización política [… ] Pero la tendencia del pensamiento moderno es por completo opuesta a la conservación de esos recintos amurallados. En uestros dias se sabe de una manera cierta que, por sutilmente organizado que se halle un Estado, la epidemia, la barbarie o las exigencias económicas reúnen sus fuerzas alrededor de las fronteras de aquél para destruirlas y franquearlas” 10. Una ciudad “agradable”.

Higiene frente a contaminación Las calles tienen veinte metros de ancho y todas las casas están rodeadas de jardín. Tomás Moro. Utopía 1 1 A finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, la atención a la salud pública propia de la Ilustración desembocó en una serie de estudios y medidas que die- 8 oynbee AJ. Op. cit. Prefacio, p. g. g Asimov l. Fundación. ed. Barcelona: Plaza y Janés Editores, SA. colección Jet, 1997, p. 22. 10 Wells HG. Una Utopía Moderna. Barcelona: Ediciones Abraxas. Colección Utopías & Distop(as, no 6. 2001, p. 18. 11 Moro T. Op. cit. , p. 19. Ars Medica.

Revista de Humanidades 2007; 2:215-234 219 220 2:215-234 ron lugar a cambios vigentes hasta hoy. Personajes como Fourier (1772-1837) o Saint Simon (1760-1825) dieron forma a las llamadas teorías higienistas, según las cuales la presencia de espacios verdes, aceras y calles amplias eran tan importantes como un buen alcantarillado, unas buenas analizaciones o unos buenos hospitales. Hoy establecemos una nitida separación entre campo y ciudad en tanto que esta última, por la altura de sus edificios, la extensión de espacio edificado, sus coches, su ruido y contaminación ha llegado a ser la antítesis del espacio natural.

Así, el habitante de la ciudad apenas puede disfrutar de espacios abiertos y a menudo destina su tiempo de ocio para ir al campo, buscando tranquilidad en un entorno natural. Como decía Toynbee: “Las ciudades mecanizadas han perdido contacto con el campo”12. Sin embargo, desde muy antiguo se valoró como elemento ecesario de la ciudad la presencia y cuidado de la Naturaleza. El recuerdo de los jardines que dieron justa fama a la antigua Babilonia; las fuentes y vegetación que adornaban las villas romanas o los jardines de la Alhambra, han llegado hasta nosotros como ejemplos ideales de una vida urbana saludable.

Bien es cierto que los casos descritos estaban pensados para el disfrute de unos pocos, pero no lo es meno ágenes han permanecido intactas como ánimo de ser exhaustivos, diremos que la concepción de anchas avenidas arboladas o boulevardsl 3; la integración de grandes pulmones verdes en el intenor de las iudades, o la construcción de viviendas unifamiliares con parcelas de tierra, responden a esa ciudad habitable que tuvo un notable impulso en los tiempos de la Ilustración.

Así, Jean-Baptiste Le Blond (1679-1719) concibió San Petersburgo como una ciudad-parque; Fernando VI (1 713-1759) fundó Aranjuez en términos similares, y Jakob Friednch von Batzendorf14 planteó una Karlsruhe inscrita en la Naturaleza, siendo, en gran medida, los ejecutores de las ideas de André Le Nôtre (1613-1700), quien en sus jardins de l’intelligence, contemplaba la subordinación de la arquitectura al entorno, al paisaje.

A finales del siglo XIX y principios del XX tales ideas recibirían un nuevo impulso en las llamadas ciudades-jardín, cuya fama debemos al arqultecto Ebenezer Howard (1850-1928) y de cuya difusión encontramos ejemplo en numerosos complejos residenciales en toda Europa y Estados Unidos. De hecho, estos complejos, conocidos en Alemania como Gartensiedlungen (colonias ajardinadas), han permanecido hasta hoy 12 Toynbee AJ. Op. cit. , p. 216 13 paseos, en español. 14 Por encargo, en 1715, del conde Karl Wilhelm von Baden- Durlach (1679-1738). sin cambios apreciables: casa unifamiliar de dos alturas como maxmo, con un pequeño jardín.