Herodoto: debate sobre los tres regímenes políticos

HISTORIA DEL PENSAMIENTO POLÍTICO. 20 Bto. Herodoto. Libro III de la Historia. Debate sobre los tres regímenes políticos. LXXX. De allí a cinco días, sosegado ya en Susa el público tumulto, los septemviros levantados contra los magos empezaron a consultar entre sí acerca de la situación y arreglo del imperio persiano; y en la deliberación se dijeron cosas y pareceres que no se harán creíbles a los griegos, pero que no por esto dejaron realmente de decirse.

Aconsejábales Otanes, en primer lugar, que se dejase en manos del pueblo la suma potestad del estado, y les hablaba en esta conformidad: —«Mi parecer, señores, es ue ningún particular entre nosotros sea nombrado monarca de aquí en adelante, or7 provechoso a la soci da mismos a qué extre Cambises, y no os ha del mago. Quisiera s gradable ni menos éis vosotros lencia y tiranía de audacia extremada n realidad, que la monarquía, a cuyo capricho es dado hacer impunemente cuanto se le antoje, pueda ser un gobierno justo y arreglado. ?Cómo no ha de ser por sí misma pelgrosa y capaz de trastornar y sacar de quicio las ideas de un hombre de índole la más justa y mo Swipe to View next page moderada cuando se vea sobre el trono? Y la razón es, porque la bundancia de todo género de bienes engendra insolencia en el corazón del monarca, juntándose esta con la envidia, vicio común nacido con el hombre rmsmo. Teniendo, pues, un soberano estos dos males, insolencia adquirida y envidia innata, tiene en ellos la suma y el colmo de todos.

Lleno de si mismo y de su insolente pujanza, cometerá mil atrocidades por mero capricho, otras mil de pura envidia, siendo así que un soberano a quien todo sobra debiera por justo motivo verse libre de los estímulos de tal pasión. Con todo, en un monarca suele observarse un proceder contrario para con sus súbditos: de envidia no puede sufrir que ivan y adelanten los sujetos de mérito y prendas sobresalientes; gusta mucho de tener a su lado los ciudadanos más corrompidos y depravados del estado; tiene el ánimo siempre dispuesto a proteger la delación y apoyar la calumnia. No hay hombre más receloso y descontentadizo que un monarca. ?Es uno parco o contenido en admirar sus prendas y subirlas a las nubes? Se da él por ofendido de que se falte al acatamiento y veneración debida al soberano. ¿Es otro, por el contrario, pródigo en dar muestras de su respeto y admiración? Se te desdeña y mira como a un adulador falso y vendido. Y no es eso lo peor; lo que no puede sufrirsele de ning mira como a un adulador falso y vendido. Y no es eso lo peor; lo que no puede sufrírsele de ningún modo es ver cómo trastorna las leyes de la patria; cómo abusa por fuerza de las mujeres ajenas, cómo, finalmente, pronuncia sentencia capital sin oír al acusado.

Mas al contrario, un estado republicano, además de llevar en su mismo nombre de Isonomia la justicia igual para todos y con ella la mayor recomendación, no da prácticamente en ninguno de los vicios y desórdenes de un monarca; permite a la suerte la elección de empleos; pide después a los magistrados uenta y razón de su gobierno; admite, por fin, a todos los ciudadanos en la liberación de los negocios públicos. En resolución, mi voto es anular el estado monárquico, y sustituirle el gobierno popular, que al cabo en todo género de bienes siempre lo más es lo mejor. ? Tal fue el parecer que dio Otanes. LXXXI. pero Megabizo, en el voto razonado que dio, se declaró por la oligarquía, favoreciendo a los grandes por estas razones: —«Desde luego, dijo, me conformo con el voto de Otanes; dando por buenas sus razones acerca de acabar con la tiranta; mas en cuanto a lo que añadió de que pasase a manos del vulgo la utoridad soberana, en esto digo no anduvo acertado. Es cierto que nada hay más temerario en el pensar que el imperito vulgo, ni más Insolente en el querer que ni más insolente en el querer que el vil y soez populacho.

De suerte que de ningún modo puede aprobarse que para huir la altivez de un soberano se quiera Ir a parar en la insolencia del vulgo de suyo desatento y desenfrenado; pues al cabo un soberano sabe lo que hace cuando obra; pero el vulgo obra según le viene a las mientes, sin saber lo que hace ni por qué lo hace. ¿Y cómo ha de saberlo, cuando ni aprendió de otro lo que es útil laudable, ni de suyo es capaz de entenderlo? Cierra los ojos y arremete de continuo como un toro, o quizá mejor, a manera de un impetuoso torrente lo abate y arrastra todo.

Yaga Dios que no los persas, sino los enemigos de los persas dejen el Gobierno en manos del pueblo! Ahora debemos nosotros escoger un consejo compuesto de los sujetos más cabales del estado, en quienes depositaremos el poder soberano. Vamos a lograr así dos ventajas, una que nosotros mismos seremos del número de tales consejeros, otra que las resoluciones públicas serán las más acertadas, como debe suponerse siendo dictadas por hombres el mayor mérito y reputación. » LXXXII.

Tal fue el voto dado por Megabizo. Darío, el tercero en hablar, votó en esta forma: —«Bien me parece lo que tocante al vulgo acaba de decir Megablzo, pero no me parece bien por lo —«Bien me parece lo que tocante al vulgo acaba de decir Megabizo, pero no me parece bien por lo que mira a la oligarquía; porque de los tres gobiernos propuestos, el del vulgo, el de los nobles, y el de un monarca, aun cuando se suponga cada cual en un género el mejor, el de un rey opino que excede en mucho a los demás.

Y opino así, porque no veo que pueda darse persona ás adecuada para el gobierno que la de un varón en todo grande y sobresaliente, que asistido de una prudencia política igual a sus eminentes talentos, sepa regir el cuerpo entero de la monarquía de modo que en nada se le pueda reprender; y tenga asimismo la ventaja del secreto en las determinaciones que fuere preciso tomar contra los enemigos de la corona.

Paso a la oligarqu(a, en la cual, siendo muchos en dar pruebas de valor y en granjear méritos para con el público, es consecuencia natural que la misma emulación engendre aversión y odio de unos hacia los otros; pues queriendo cada cual ser el principal utor y como cabeza en las resoluciones públicas, es necesario que den en grandes discordias y mutuas enemistades, que de las enemistades pasen a las sediciones de los partidos, y de las muertes a la monarquía, dando con este último recurso una prueba real de que es este el mejor de todos los gobiernos posibles. ?Qué diré del estado popular, en el de que es este el mejor de todos los gobiernos posibles. ¿Qué diré del estado popular, en el cual es imposible que no vayan anidando el cohecho y la corrupción en el manejo de los negocios? Adoptada una vez esta lucrativa Iniquidad y amiliarizada entre los que administran los empleos en vez de odio no engendra sino harta unión en los magistrados de una misma gavilla que se aprovechan privadamente del gobierno y se cubren mutuamente por no quedar en descubierto ante el pueblo.

De este modo suelen andar los negocios de la república, hasta tanto que un magistrado les aplica el remedio, y logra que el desorden público cese y acabe. Con esto, viniendo a ser objeto de la admiración del vulgo, ábrese camino con ella para llegar a ser monarca, dando en esto una nueva prueba de que la monarquía es el gobierno más acertado. Y, para decirlo en una palabra, ¿de dónde vino a la Persia, pregunto, la independencia y libertad pública? ¿Quién fue el autor de su imperio? ¿Fue acaso el pueblo? ¿Fue por ventura la oligarquía? ?O fue más bien un monarca? En suma, mi parecer es que nosotros los persas, hechos antes libres y señores del imperio por un varón, por el gran Ciro, mantengamos el mismo sistema de gobierno, sin alterar de ningún modo las leyes y fueros de la patria, lo más útil que contemplo para nosotros. » LXXXIII. Dados los t las leyes y fueros de la patria, lo más útil que contemplo para osotros. » DXXIII. Dados los tres referidos pareceres, los cuatro votos que restaban del septemvirato se declararon por el de Darío.

Otanes, que deseaba introducir el gobierno popular y derechos iguales para todos los persas, no habiendo conseguido sustento, les habló de nuevo en estos términos: —«Visto está, compañeros míos, que algunos de los que aquí estamos obtendrá la corona, o bien se la de la suerte, o bien la elección de la nación a cuyo arbitrio la dejemos, o bien por cualquiera otra vía que recaiga en su cabeza. Pues yo renuncio desde ahora el derecho de retenderla, ni entro en concurso, persistiendo en no querer ni mandar como rey, ni ser mandado como súbdito.

Cedo todo el derecho que pudiera pretender, pero cedo con la expresa condición de no estar jamás yo ni alguno de mis descendientes a las órdenes del soberano. » Hecha tal propuesta, que fue admitida luego por los seis confederados bajo aquella restricción, salió Otanes del congreso; y en efecto, sola su familia se mantiene hasta hoy día libre e independiente entre los persas, pues se lo manda únicamente en cuanto ella no lo rehusa, no faltando por otra parte a las leyes del estado persiano.