El deseo segun deleuze

El deseo segun deleuze gy paulinhomosca AQKa5pR 2010 44 pagcs El deseo según Deleuze (Maite Larrauri) (de Maite Larrauri, Editorial Tándem. Un comentario: estos textos de «introducción a la filosofía» de esta editorial son muy fáciles y «divertidos» de leer en la edición original, con sus dibujos y demás, están algo así como orientados para «todos todos los públicos». ) 1 Un huracán avanza alegremente.

Gilles Deleuze era un magnfico profesor. Daba clases en parís, en la Universidad de Vincennes, famosa por su protagonismo en la revuelta estudiantil de mayo de 1968. Algunos años más tarde, esa misma Universidad se trasladó a un barrio obrero de la periferia de Par[s. Allí, en un barracón prefabricado, con suelo de tierra pisada y sin calefacción, se hacinaban cientos de estudiantes venidos de todos los rincones del mundo ara escucharle.

Estudiantes matriculados había bien pocos, alg tras año, a seguir sus vez atraídos por la fa jovencísimos alumno escucharlo, los japon PACE 1 ora. cci S»ipe to View inte acudían, año n por primera escritos, algunos las clases para dos dispositivos para sostener los micrófonos de sus grabadoras, a las personas de edad avanzada se les cedían las pocas sillas que cabían en el ula(las mesas ya hablan sido retiradas para aumentar el espacio disponible); había igualmente profesionales de diversos campos, artistas, trabajadores.

En medio de aquel públ Swipe to View nexr page público variopinto, que en su inmensa mayoría no estaba formado por filósofos, ni siquiera por estudiantes de filosofía, y que se deleitaba escuchándole pero sin tomar notas, Gilles Deleuze era lo más parecido a Sócrates que se pueda maginar. Como Sócrates, se dirigía a todo aquel que quisiera escucharlo e interpelaba a los asistentes con sus preguntas asombrosas.

Y, omo Sócrates, sabía que cada cual tiene que aprender a pensar por si mismo y que, por lo tanto, enseñar no es comunicar, ni informar, sino discurrir, dejar que el discurso discurra ante los oyentes para que sea el propio oyente el que decida en qué momento entra en la corriente del pensamiento: algunos jóvenes estudiantes de bachillerato se sentaban al fondo de la sala, encend(an un porro y cerraban los ojos, quizá dorm(an; a Deleuze no parecía importarle, pensaba que siempre se despertarían a tiempo, en el momento preciso en el que se dijera algo que les conviniera. Sus clases estaban muy preparadas.

Concebía su preparación como un ensayo continuo, como hace un actor para meterse en la cabeza lo que tiene que decir, de manera que cuando lo despliega ante el público se apasiona con lo que dice. Sólo asi es posible la inspiración, esos máximos diez minutos de inspiración que justifican todo el trabajo previo de ensayo. Y los que tuvieron la suerte de escuchar alguna de las clases de Deleuze saben que aquellos diez minutos de inspiración estaban asegurados. Deleuze creó una filosofía contemporánea y a través de ella volvió sobre los t de ella volvió sobre los textos de la filosoffa clásica.

Tenia la capacidad de ofrecer una puerta de entrada a textos intrincados y que quizá hubieran permanecido opacos sin su mirada(como es el caso de la Etica de Spinoza, por poner un ejemplo). No pensaba que la filosofía hubiera sido escrita para filósofos. La idea de que la filosofía es para los entendidos en filosoffa es semejante a la de creer que los pintores sólo pintan para ser admirados por otros pintores o los músicos sólo componen para ser celebrados por otros músicos. Sin ser conocedores, expertos, se puede acceder a la emoción de un cuadro, de una melodía.

Y lo mismo uede decirse de los textos filosóficos, a condición, claro está, de considerar que la filosofía tiene mucho en común con el arte. La filosofía no es contemplación, tampoco es comunicación, es una creación, de la misma manera que el arte lo es. Lo que el arte crea son nuevas relaciones con el mundo. Los grandes creadores son como buceadores: se meten en la vida, bucean hasta lo más profundo y salen a la superficie con los ojos rojos y casi sin aire en los pulmones. Arriesgan su propia salud en aras de establecer otros vínculos con la realidad.

La pintura, por ejemplo, os ofrece nuevas percepciones, nuevas perspectivas, colores, formas, composiciones hasta ese momento desconocidas. La música, por ejemplo, inventa nuevas formas de ser afectados por movimientos y ritmos. pues bien, también la filosofía – nos dice nuevas formas de ser afectados por movimientos y ritmos. Pues bien, también la filosoffa – nos dice Deleuze- crea relaciones nuevas con el mundo y trata de expresarlas. Y así como la pintura crea «perceptos» y la música «afectos», la filosofía inventa «conceptos».

Los conceptos de la filosofía pueden parecer extraños y, en muchas ocasiones, disuaden a quien se e acerca con curiosidad. La propia filosofía de Deleuze es un buen ejemplo de esas expresiones que dejan perplejo al recién llegado. A veces puede parecer que la filosofía está escrita en una lengua extranjera, en una extraña lengua extranjera de la que conocemos las palabras pero de la que, sin embargo, se nos escapa el sentido. No debemos desanmarnos. Nos encontramos ante un filósofo que nos explica cómo proceder: hay que acercarse a la filosofía como nos acercamos al arte. ?Qué buscamos cuando vamos a una exposición o a un concierto? Esperamos que suceda un encuentro, que lo que vemos u oímos os presente un mundo que deseamos capturar y hacerlo nuestro. Anhelamos poder decir ante un cuadro o un ritmo hasta entonces desconocidos: «iesto es para mí, es mío! «. Y la vida se amplía y se hace más hermosa, porque gracias al arte resistimos frente a las opiniones corrientes, escapamos a la vulgaridad y al aburrimiento. Así hay que hacer cuando abrimos un libro de filosofía.

No hay nada que entender, sólo hay que observar si se produce el encuentro, si nos contagiamos con sus conceptos, si gracias a esos conceptos nuestro pensamiento se mueve si nos contagiamos con sus conceptos, si gracias a esos onceptos nuestro pensamiento se mueve y nos permite acceder a una vida más intensa, más elevada. Y del mismo modo que no todos nos sentimos emocionados por los mismos perceptos, tampoco nos dejaremos atraer por los mismos conceptos. Buscaremos aquellos que se combinen con nosotros, que establezcan un encuentro positivo con nuestras fuerzas vitales.

Al igual que sucede en el terreno del arte, un experto podrá entender además de contagiarse, pero el entendimiento no mediatiza el acceso al arte. Tampoco a la filosofia. La filosofía es fundamentalmente para profanos. Deleuze propone que ntremos a la filosofía dispuestos a encontrar lo que convenga a nuestras vidas. A la filosofía así concebida la llama «filosofía pop» y establece entre ella y la filosofía académica la misma relación que existe entre la música pop y la clásica.

Hoy en día, en un concierto de música clásica se exige de los espectadores un comportamiento eminente pasivo: la atención se manifiesta en forma de silencio extremo y máxima quietud. Sería del todo reprobable que la gente oyera a Vivaldi, por ejemplo, siguiendo el ritmo con el pie. Pero este mismo comportamiento, trasladado a un concierto de música rock, determinaría su fracaso. La filosofía tiene que ser capaz de contagiar su propio movimiento, hacer que las ideas y las mentes se muevan, como los cuerpos se agitan al ritmo de la música popular que los invade. na puerta de entrada a la filosofía de Deleuze consiste en entend s OF la música popular que los invade. Una puerta de entrada a la filosofía de Deleuze consiste en entenderla como una filosof(a vitalista. Pero no basta pensar que un vitalista es alguien que ama la vida; es demasiado ambiguo, incluso trivial y anodlno: a primera vista todos los humanos parecen amar la vida, puesto que se aferran a ella. ASÍ que tomaremos prestada una idea de Nietzsche y definiremos a los vitalistas como aquellos que aman la vida no porque están acostumbrados a vivir, sino porque están acostumbrados a amar.

Estar acostumbrado a vivir significa que la vida es algo ya conocido, que sus presencias o sus gestos o sus desarrollos se repiten y ya no sorprenden. Amar la vida porque estamos acostumbrados a vivir es un querer lo ya vivido. En cambio amar la Vlda porque estamos acostumbrados a amar no nos remite a una vida repetitiva. Lo que se repite es el impulso por el que nos unimos a las ideas, a las cosas y a las personas; o podemos vivir sin amar, sin desear, sin dejarnos arrastrar por el movimiento mismo de la vida.

Amar la vida es aquí amar el cambio, la corriente, el perpetuo movimiento. El vitalista no ha domesticado la vida con sus hábitos, porque sabe que la vida es algo mucho más fuerte que uno mismo. La vida es aquello en lo que nos encontramos metidos, lo que nos empuja. Es más fuerte que cualquiera, porque nace más acá de nosotros y nos lleva más allá de nosotros. Un flujo, una corriente, un viento. La vida, así vivida, es una vida gozosa, es una vida que se mueve por deseos y p corriente, un viento.

La vida, así vivida, es una vida gozosa, es una vida que se mueve por deseos y por alegría. Una alegría del crecimiento, no edificada sobre el resentimiento, ni sobre el odio, ni sobre las desgraclas ajenas; una alegría que no necesita la tristeza de los otros para existir. La imagen de la vida como un viento, como un huracán, sirve para entenderla. Siguiendo esta imagen -nos dice Deleuze- se podría afirmar que «un huracán avanza alegremente». Su alegría proviene del mismo avance, de su propio movimiento y no de la destrucción de las casas a su paso.

El huracán contento de causar muerte y destrucción su paso es el huracán resentido, el huracán contento de su movimiento es el huracán gozoso. Ahora bien, ¿son muchos los seres humanos vltalistas? , ¿ son muchos aquellos cuyas Vldas son como un huracán gozoso? para tantos y en tantas ocasiones más bien parece que no estamos a la altura de vivir esa gran vida, ese gran movimiento, ese viento que nos arrastra. Le ponemos obstáculos y nuestras vidas acaban siendo pequeñas, mediocres y vulgares. Aprisionamos la vida.

Por miedo y por pereza, sin duda, y esos son elementos individuales, pero también porque vivimos en el interior de una cultura que nos ha acostumbrado ello. ¿Cuáles son esos obstáculos que pone nuestra cultura al desarrollo de la vida? ¿Cómo mantenemos la vida aprisionada? 2. – Los hombres son hierba. «Nada fácil percibir las cosas por el medio y no de arriba abajo o al revés, de izquierda a derecha o al reves: cosas por el medio y no de arriba abajo o al revés, de izquierda a derecha o al revés: intentadlo y veréis cómo cambia todo.

No es fácil ver la hierba en las cosas y las palabras» Lo que impide que la vida discurra y crezca es el lenguaje y el juicio moral. El lenguaje de nuestra cultura divide el mundo en sujetos y predicados. Los sujetos existen como soportes de los predicados. Gramaticalmente consideramos que los predicados suceden a los sujetos, y suceden porque existen los sujetos (los seres humanos, los animales, las plantas, los lugares, los objetos) de los cuales se predica.

Nuestra lógica, la lógica que utilizamos para nuestro razonamiento está basada en dicha dicotomía. Tomemos como ejemplo un silogismo de la lógica tal como fue establecida por Aristóteles. Se trata de un sllogismo famoso y simple, que expresa una de las argumentaciones de nuestro sentido común: Todos los hombres son mortales Sócrates es un hombre Sócrates s mortal Este es un silogismo que se apoya en la existencia de sujetos para poder ser enunciado.

Requiere en primer lugar un sujeto universal(«todos los hombres») y un sujeto particular, elemento del universal («Sócrates»). En primer lugar, el predicado «ser mortal» se asigna al universal; en segundo lugar, se afirma la pertenencia del sujeto particular «Sócrates» al sujeto universal ‘todos los hombres»; y, como consecuencia, el predicado «ser mortal», que se afirmaba en el sujeto universal «todos los hombres», también podrá afirmarse del sujeto «Sócrates». Deleuze ujeto universal «todos los hombres», también podrá afirmarse del sujeto «Sócrates».

Deleuze se apoya en la obra del pensador Gregory Bateson para pensar según una lógica diferente. Bateson inventó «el siloglsmo de la hierba», como répllca al famoso silogismo aristotélico. El silogismo de la hierba se formula de la siguiente manera: La hierba es mortal Los hombres son mortales Los hombres son hierba Este silogismo nos hace reír, lo consideramos una locura, es como si nos hiciera saltar de una afirmación a otra por el lugar inadecuado. Comienza afirmando el predicado «ser mortal» de un particular «la hierba».

Prosigue afirmando el mismo predicado «ser mortal» esta vez del sujeto universal «los hombres». Y concluye, por último, estableciendo una relación loca , una identificación Sln sentido en el plano de la lógica, entre el sujeto universal «los hombres» y el sujeto particular «la hierba». La lógica de Bateson no se apoya en los sujetos sino en los predicados. Es una lógica de las relaciones. Son ellas lo que hay de importante en la vida: no los sujetos sino las acciones.

Obligados como estamos a pensar en nuestro lenguaje, es como si «ser mortal» se convirtiera en esta lógica en el auténtico sujeto. Es de eso de lo que hablamos en el silogismo de la hierba, es la mortalidad la que transita y deja a su paso hombres y hierba. Expresar las relaciones es dificil porque tenemos que hacerlo en el interior de un lenguaje de sujetos, donde los sujetos son antes que la acción, antes que el predicado, lenguaje de sujetos, donde los sujetos son antes que la acción, antes que el predicado, antes que la relación.

Menos mal que existe el arte —nos repite Deleuze- , de lo contrario estaríamos condenados a la vulgaridad del sentido común al que nos obliga nuestro lenguaje. El arte expresa relaciones y para ello rea lenguaje más allá del ya existente como instrumento de comunicación entre nosotros. Efectivamente, nosotros entendemos que «los hombres son hierba» es una metáfora. De acuerdo, lo es, pero la vida se expresa mejor a través de la metáfora que no a través de los silogismos aristotélicos.

O dicho de otra manera, la vida es un predicado, es una relación, no es algo que está en los sujetos, sino que es algo que pasa a través de los sujetos: no está en este, ni en aquel, ni en esta planta, ni en este animal. La vida es lo que está entre, entre los seres humanos y las plantas y los animales, existió sin sujetos sin el lenguaje de los sujetos) desde hace millones de años y se multiplicó y avanzó por los caminos que indica la metáfora «los hombres son hierba».

Ver así las cosas y las personas no es nada fácil. Nuestro lenguaje es el del ser, la identidad, el lenguaje de los contornos fijos, el que dice que uno es hombre, blanco, occidental. El particular se inserta dentro de estos universales como Sócrates en la totalidad de los hombres. «Hombre», «blanco», «occidental» son los rótulos por los que captamos el mundo, son los elementos de identificación de un sujeto. Y sin embargo, nos dice Dele